No siempre las cosas van como deberían ir, ni las cosas ocurren como deberían ocurrir. Conforme vas creciendo y el Peter Pan que llevas dentro te va abandonando poco a poco y a veces, solo te das cuentas de los problemas. Crees que hay cosas, o personas, que son imprescindibles para poder vivir y en cambio llega un día que te das cuenta que ni ese objeto es necesario para ti, ni esa persona es imprescindible en tu vida.
Llega entonces el momento de pararte a pensar. Recuerdas esa historia, ese tiempo pasado, cuánto has compartido, cuanto has vivido y cuanto te quedaban por vivir.
Es entonces cuando empiezas a culparte a ti, pensando que tú eres la culpable, que tal vez si lo hubieras hecho de otra manera todo hubiera sido distinto, pero conforme pasa el tiempo ves lo que no has visto antes, ves que eso no funcionaba y no tenía que ser así, que no ha sido tu culpa, o simplemente no toda la culpa ha sido tuya.
En ese momento, te miras al espejo y dices: “Realmente he sido gilipollas, pero por culparme a mi sin razones”. Tus pensamientos cambian, tu cara cambia, la sonrisa vuelve a salir, vuelves a ser tú, y no le das importancia a nada.
Ya no pasas por los sitios pensando si el estará, ni haces las cosas pensando que te lo encontraras. El está ahí, y tú, aquí, recuerda y aprende… que tu vida, la manejas tu…
